Carnaval

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Se trata de un recuerdo antiguo. Quizás un sueño. Quizás no hace mucho. Quizás hoy.

Era un mediodía de entresemana.

De repente, vi llegar un largo cortejo infantil precedido por policías que abrían paso entre el tráfico, y escoltado por docentes y algunos familiares.

Era carnaval y los niños iban ataviados para la ocasión.

Los maestros, orgullosos, veían en los infantes el resultado de un largo proceso de elaboración de disfraces y preparación del evento, aprovechado a veces para enseñar contenidos de forma diferente y divertida.

Enternecida, me detuve a ver pasar la comitiva.

Unos pocos iban alegres y excitados. Otros andaban perplejos al encontrarse caminando en medio de la calle – zona prohibida especialmente para todo niño de parvulario – bajo la atenta mirada de algunos padres y transeúntes.

El espectáculo era una monada.

Bajé entonces la acera, uniéndome a la sección en la que se encontraba mi hijo pequeño para, de su mano, convertirme en una más del cortejo.

Una vez superados los primeros minutos de la euforia originada por la excepcionalidad de estar fuera del recinto escolar, los niños intentaban encontrar sentido a lo que estaba ocurriendo: preguntaban una y otra vez adónde los llevaban, cuánto faltaba para llegar, si vendrían sus padres (a pesar de conocer la repuesta)…

De pronto vi que hacia la mitad del desfile iba otro de mis hijos. El mediano.

Lo miré, pero él no me vió. Lo llamé, me escuchó y se iluminó una sonrisa en su cara. Me señalaba a sus amigos y se contoneaba para enseñarme su disfraz pareciendo haber encontrado un sentido a ese extraño paseo matinal.

Poco después, el cortejo se dividió al llegar a una plaza y vi al mediano que se volvía una o dos veces para decirme adiós con la mano.

Adiós, hijo, adiós…

Al mayor lo encontré lejos. Él no me divisó, aunque me buscaba.

El fotograma que retuve de ese instante ilustraba el momento en el que “el de siempre” le arrancaba – con dañina intención- su improvisado pero trabajado disfraz de racimo de uvas hecho con unos pocos globos grapados a una frágil bolsa de plástico. Él no hizo más que acabar de despojarse de los pocos andrajos de disfraz que le quedaron encima y los dejó dentro de la papelera más cercana.

Un extraño sentimiento acerca de la fragilidad de la condición humana me inundó con suavidad la mente.

Esos niños que me tomaban de la mano, llevados hacia un espectáculo del que no comprendían gran cosa, llorando algunos, asustados otros, cansados todos, buscando a sus padres para poder otorgar luz y sentido a la situación…

Lloraban ante la indiferencia de la multitud y, por un instante, al mirarlos, creí poder estar viendo la personificación de la humanidad tal y como es ella: frágil, huérfana, perdida.

Los desajustes de un espectáculo supuestamente alegre otorgaron al día de carnaval una luz sombría.

Supongo que, cuando las marcas de la edad sean aún más profundas, me resultará agradable que el recuerdo de ayer y de hoy sea portador de una dulce tristeza.

Me recordará nuestra fragilidad: la de mis hijos, la mía y la de todo el género humano.

Referencias:

Imagen de Craig Becker- Scratch. Recuperada el 17/02/2017 de http://culturacolectiva.com/retratos-de-lo-cansada-consumida-y-saturada-que-esta-nuestra-humanidad/

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