Mi primer trail: Escanyabocs

La única forma de afrontar lo desconocido, sin saber si se está preparado, es no recapacitar sobre ello.

Atarse bien los cordones, encomendarse al bagaje deportivo y a los kilómetros acumulados en el asfalto y pocos más en los senderos andorranos, para subir colinas y descender vertiginosamente pendientes que no consideras posible bajar ni andando.

Hoy he tenido la oportunidad de participar en una trail, mi primera carrera de montaña: la Escanyabocs.

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Y he de confesar que he vuelto a casa invadida por un sentimiento ambivalente mezcla de disfrute y aberración.

Las carreras de montaña viven un éxito fulgurante. El número de competiciones y participantes crece catapultado por federaciones, clubs, empresas y particulares involucrados en su organización. Gozar de la naturaleza era, antes, sinónimo de excursión relajada.

Pero hoy los deportistas entran en los espacios naturales para recorrerlos de cabo a rabo a toda velocidad.

Acostumbrada a salir sola a correr sea cual fuere la modalidad (asfalto o montaña), me ha resultado realmente surrealista encontrarme en medio de una multitud naranja que se precipitaba hacia caminos de montaña que hacían las veces de embudo.

En el primer tramo, no he podido ver más allá de los talones de la persona que me antecedía, obligándome a ajustar mi ritmo al suyo y al de las decenas de corredores que formaban la interminable hilera en la que me he sentido atrapada.

Sinceramente, no he sabido reconocer la motivación por la cual me encontraba allí, pues nada tiene que ver con la que me empuja cada mañana a calzarme las zapatillas y salir a correr para disfrutar del paraíso natural que nos brinda este pequeño país.

He pagado 25 euros para correr por la montaña, cosa que hago gratis cada día.
Lamentablemente, he podido observar de primera mano cómo el fenómeno trail (y por extensión ultras, maratones etc…) alimenta una nueva actividad económica realmente insostenible.

Obviamente es una oportunidad de ganar mucho dinero; es un negocio, pues en estas competiciones, participan centenares e, incluso, miles de personas.

Estamos sin duda ante la utilización mercantil de un espacio natural con la justificación de una actividad deportiva.

Pero dejando para debatir en otra ocasión el que estas iniciativas deban o no tener ánimo de lucro, sirvan para animar a la sociedad a realizar un determinado deporte o fomenten la actividad física, lo cierto es que lo que he vivido el día de hoy es realmente insostenible.

Y no me estoy refiriendo al impacto que pueden originar centenares de corredores pasando ininterrumpidamente por ciertos lugares, al ruido o a los restos de señalización.

Me refiero, sobretodo, a dos cuestiones:

  • La incoherencia de los refrigerios, basados en todo tipo de alimentos envasados y continentes de plástico que llenaban a rebosar enormes bidones de basura.

  • La sensación de formar parte de una mezcla entre rebaño de ovejas y gallinas sin cabeza cuya motivación intrínseca se aleja desorbitadamente de la mía.

He de confesar que he sido feliz cuando, al encontrarme a cierta distancia de los corredores, he podido sentirme sola en medio del monte, sin ruidos, ni controles de dorsales, ni cámaras fotográficas que de bien seguro dejarán constancia del evento en diversas redes sociales.

Mientras corría, pensaba en la soledad de la larga distancia, intentaba obviar los empujones y adelantamientos para deleitarme con los prados, los riachuelos, las bordas y las sombras de los bosques.

Me preguntaba una y otra vez por qué estaba allí, cuál era el valor añadido de todo aquello.

Lo mismo que me preguntaré mañana, cuando acompañe a mis hijos al “Día de l’esport per a tothom 2015”. Su edad les facilita ser persuadidos por el efecto grupal. Todos sus amigos estarán allí, acompañados de sus padres en una enorme marea rosa.

Por tanto, espero que sean ellos mismos quienes deduzcan que el deporte ha de estar al servicio del deportista (y no al contrario) entendido como un elemento más del día a día y acompañado, eso sí, de una buena dosis de sentido común.

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