“La lladre de llàgrimes”, Carol Ann Duffy

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Con los ojos inundados, esta noche me ha costado acabar de leerles el libro.

Un cuento cálido, emotivo, hermoso, que grita a pleno pulmón a la empatía, a quitarse las máscaras, a dejarse llevar de la mano de los sentimientos.

“Cada noche, justo después de la cena y antes de la hora de acostarse, la Ladrona de Lágrimas se echa a la espalda su saco impermeable y plateado y, sigilosamente, roba las lágrimas de los niños que lloran. Pero, ¿qué hace con todas ellas?”

Cuenta la historia que nuestras lágrimas son un tesoro que se convierten en halos de luz de luna. Y las más preciadas, las que más tarde iluminarán el cielo con más fuerza, son las lágrimas de la tristeza.

Todos lloran: un bebé, unos hermanos que discuten, una niña con rabieta…

¿Y yo?

¿Por qué me sorprendo escondiendo las lágrimas delante de ellos, intentando ocultar una emoción?

El ambiente cultural y social apunta a la no expresión emocional, sobre todo aquellas emociones que han sido catalogadas como una debilidad más que un potencial.

La “gestión de las emociones” está de moda.

Gestión.

Emociones.

Un matrimonio bien extraño.

Ignoradme… debe ser mi rebeldía frustrada.

No poder parar de reír cuando no se debe, enternecerse sin control, sentir rabia si nos da la gana o tener un ataque de amor inoportuno puede ser muy desadaptado, pero… ¿no es de emociones de lo que se nutre la vida?

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