Papá Noel

La familia duerme.

En el pasillo se adivinan los primeros rayos del sol.

Martí se acurruca en mi espalda. No parece despierto.

Sergi se gira y me acaricia el cabello.

– Buenos días mama. ¿Ha llegado ya el Papá Noel? – susurra

– No lo sé, ¿vamos a averiguarlo?

– ¡Sí mama!- responde Martí

Corremos al comedor y descubrimos las sorpresas debajo del árbol.

Somos una de las miles de familias que hoy, 25 de diciembre, contribuye a alimentar la tradición.

¿Alguna otra opción?

Como padres, es nuestro primer Papá Noel “consciente”, y también hemos tenido que responder a miles de preguntas llenas de sentido común en relación a la logística y el modus operandi de este personaje peludo y barrigón vestido de rojo.

Ayer fuimos a verlo. Era de noche, hacía frío, pero estábamos allí.

El Papá Noel no estaba siendo puntual. La baja temperatura no dejaba pasar los minutos y la espera se hizo larga.

La ilusión de los niños pesaba más en la balanza, así que esperamos, y esperamos.

Música estridente y luces intermitentes.

Por fin el Papá Noel llegaba, en carroza y escoltado por pajes, urbanos y policías.

Se levanta de su trono, coge unos sacos enormes de caramelos y  a manos llenas los empieza a lanzar sobre el público infantil, que se tira al suelo tonto el último, y en décimas de segundo, caramelos visto y no visto.

Las manos se quedan pequeñas para abastecer tan exigente público, y Papá Noel decide despeñar bolsas enteras.

Entonces, veo cómo mis hijos se quedan de piedra. Parecían no entender nada de lo que estaba sucediendo.

Les animo a unirse al grupo de infantes y pronto, el ejemplo es imitado a la perfección. Sergi sumó un kilo de caramelos en pocos minutos.

– ¿Tienen azúcar, mamá?

– Sí, cariño

– Pero el Papá Noel no sabe que el azúcar…

– Sí, pero tira caramelos porque es la tradición. Nos los guardaremos de recuerdo, ¿vale? – improvisé

– Vale mamá

Y contentos, acompañamos a Papá Noel hasta su trono elevado en la glorieta de la Plaza del Pueblo.

De camino, tuvimos el privilegio de poder saludarlo, darle unos besos, y confesarle lo bien que nos hemos portado este año.

Tal fue así, que hoy, tras desenvolver los regalos, desayunar, y pasar una agradable mañana en pijama y en familia, los niños han cogido sus gorros rojos en forma de cono y con un pompón blanco en el vértice, y los han llenado con el kilo de caramelos, gentileza del gordito.

Han comenzado a esparcirlos paseando por todo el suelo del comedor y con caras de abundancia.

Una vez los sacos vacíos, escucho la voz de Martí en tono imperativo:

– Bueno, ¡espero que ahora los recojáis todos!…¡y no quiero ver que quede ni uno en el suelo, ¿entendido?!-

Feliz Navidad

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