Amor y pedagogía. Miguel de Unamuno

Una lectura poco coetánea pero de rabiosa actualidad.

Me encantó “Niebla“, a pesar de tratarse de una obligación con posterior presentación de trabajo por escrito al profesor de lengua castellana y literatura de no recuerdo qué curso.

Hurgando entre las estanterías de nuestra biblioteca de la playa me encontré con este título, “Amor y pedagogía“, y me ha encantado volver a leer a Unamuno en esta etapa de mi vida.

Don Avito Carrascal es un entusiasta de la pedagogía y de la ciencia en general que, sirviéndose de métodos deductivos y de técnicas extraídas de la pedagogía sociológica, pretende hacer de su hijo un genio. El final, un drama que cabía esperar.

Allí donde sólo hay autoridad, donde todo se presenta como una rígida norma que, además carece de explicación, nunca habrá lugar para una comprensión de la misma y, por tanto, quedará la regla condenada a no ser otra cosa que un dato más que viaje en la conciencia del niño. Y puede que el infante actúe en consonancia con ella por miedo al castigo, mas nunca lo hará por iniciativa propia porque no ha interiorizado la norma, porque ésta no ha sido asumida como propia, sino simplemente como una exigencia que del exterior proviene. En este punto estoy muy de acuerdo con lo que propone la Clarificación de Valores: el niño ha de encontrar sus propios valores, estudiarlos, analizarlos, sopesarlos y actuar conforme a los criterios elegidos.

De lo que pretende burlarse (y muy éxitosamente, por cierto) Unamuno en esta obra es de los científicos y pedagogos separados de la vida, que luchan por clasificar lo inclasificable, que creen captar con sus métodos y fórmulas el secreto de la vida, alejándose cada vez más de ella.

Unamuno pone aquí de manifiesto que para él la verdad es experiencia más que conocimiento, vida más que acumulación de datos y saberes enciclopédicos.

Me permito mencionar una frase del siempre genial don Miguel de Unamuno que me llamó especialmente la atención, y que creo que refleja muy bien algo que todo educador (tanto padre como profesor) ha de tener muy en cuenta: «…no hay obra poética más grande que un hijo o una hija.» Y tiene razón. Es la conciencia del infante como un diamante en bruto, algo que hay que pulir y moldear, que hay que crear día a día, trabajando con esmero. Pues de esta obra de arte que con el paso de los años se vaya modelando depende el futuro, no sólo el de él mismo sino también el de la sociedad.

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